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La leyenda del rey mono

 



Cuenta la leyenda que Sun Wukong nació de una piedra mágica y debido a sus increíbles capacidades, pronto fue proclamado Rey de los Monos de las Montañas de las Flores y la Fruta. Sin embargo, nada de esto fue suficiente para él, por lo que decide dejar la montaña en busca de la vida eterna.

Gracias a su fortuna, consiguió que uno de los discípulos de Buda, el gran Subhuti, le mostrara el camino para realizar las 72 transformaciones y efectuar saltos de miles de kilómetros, pero la vanidad de Sun Wukong lo llevó a ser expulsado del templo de Subhuti. Al continuar con su travesía, el Rey Mono se encontró con el bastón mágico (Ru Yi Bang), que el Rey Dragón utilizaba para mantener el equilibrio de los 7 mares. Sun Wukong logró reducir el bastón de 8 toneladas a su tamaño para usarlo como arma, con la cual luchó contra los dioses del inframundo y al derrotarlos consiguió borrar su nombre del libro de La Vida y la Muerte.

Esto promovió la ira de los dioses que decidieron acudir al Emperador de Jade, supremo señor de los cielos, los mares, la tierra y el inframundo quien decidió someter al Rey Mono a su autoridad. Preocupado por todo lo que Sun Wukong había causado, el Emperador de Jade decidió invitarlo al reino celestial y ofrecerle un puesto en su corte, asignándole el cuidado de los jardines donde crecían los duraznos con los que se alimentaban los dioses y diosas para mantener su inmortalidad. Al sentirse en peligro, el Rey Mono comió toda la fruta que pudo y escapó a la tierra seguido por un ejército de cien mil hombres al mando del Emperador, pero gracias al inmenso poder que había alcanzado logró derrotarlos a todos, hasta que finalmente fue vencido por los guerreros celestiales. Todo intento por ejecutarlo fue en vano ya que ninguna espada pudo cortar su cuello, por lo que el Emperador de Jade desesperado, acudió al único ser que podía controlar al Rey Mono, el mismo Buda.

Buda desafió a Sun Wukong a escapar de su mano, condicionado a ser exiliado del mundo mortal si fracasaba, a lo que el Rey Mono aceptó exigiendo el puesto del emperador si tenía éxito, Sun Wukong se dispuso a dar su mejor salto y al caer se encontró frente a 5 columnas gigantescas, creyendo que había llegado al límite del cielo escribió sobre uno de los pilares “El Gran Sabio estuvo aquí” y regresó a cobrar su título. Al volver se encontró con la sorpresa de que su gran salto ni siquiera había podido superar los dedos de Buda, vencido, el Rey Mono trató de escapar, por lo que Buda cerró su mano y la transformó en una montaña de 5 picos donde Sun Wukong quedaría atrapado por los siguientes cinco siglos... hasta que es puesto en libertad con la condición de acompañar al monje Xuanzang en su viaje largo al oeste, de China a India.


Leyenda del Krampus


Todos conocemos la leyenda de Santa Claus, San Nicolás, Papa Noel o como quiera que se le llame. Pero detrás de la imagen de un Santa Claus generoso y amigable con los niños, hay que recordar que existía en el pasado una diabólica leyenda pagana de navidad que recientemente ha renacido, es la del Krampus que se celebra el 5 de diciembre, la víspera del día de San Nicolás. Hay una leyenda que cuenta que los niños que se portan mal reciben de regalo de navidad un trozo de carbon pero en algunos países de Europa, a los niños malos se los lleva en un saco un demonio muy malo llamado Krampus, quien es el espíritu de la Navidad o el espíritu de la naturaleza invernal. La palabra Krampus proviene del antiguo alemán “krampen”, que significa garra. Según la leyenda Santa Claus no viajaba solo, su acompañante era Krampus, un diabólico personaje cubierto de pelo, con una larga lengua roja, largos cuernos y algunas veces llevando un escobilla de abedul o un tridente, resultaba tan peligroso que San Nicolás lo controlaba con fuertes cadenas. Mientras San Nicolás recompensaba con regalos y dulces a los niños buenos, Krampus por el contrario se encargaba de los desobedientes a quienes llenaba sus zapatos con carbón o papas podridas. Dependiendo de sus faltas Krampus podría además castigarlos con su escobilla de abedul, o lo peor a los muy traviesos los secuestraría cargándolos dentro de su costal para devorarlos en el Infierno. En realidad, la iconografía del Krampus, difundida a través de tarjetas de navidad, postales y en libros infantiles, era lo suficientemente terrorífica para mantener la disciplina de los niños, allí se mostraba a Krampus golpeando, torturando e incluso cocinando las criaturas en aceite. Otra parte de la leyenda dice que este demonio que vive bajo tierra, aparece en las noches de Diciembre, merodeando las calles durante dos semanas, haciendo sonar campanas y cadenas oxidadas para asustar a los niños pequeños. Su imagen presenta un rostro diabólico está acompañado de una larga lengua roja, con cuernos en la frente y mirada enfermiza. Tiene el cuerpo cubierto por un oscuro y tupido pelaje, y sus patas son similares a las de un fauno. En muchas imágenes es ilustrado con una canasta en su espalda, en donde coloca a los niños malos para llevarlos al infierno, este demonio es conocido por no repartir dolor, dolor y miedo, porque el castigo al mal comportamiento nunca ha sido la ausencia de regalos sino el dolor, la desesperación y la suplica.

Krampus fue aislado y condenado por la iglesia católica, por ser un demonio pagano, pero no se logro erradicar una tradición tan arraigada. A finales del siglo XX las fiestas de disfraces y reuniones sociales recuperaron la figura del Krampus. Ahora los jóvenes de muchas zonas de Europa como Austria y Hungría se disfrazan de Krampus mientras se divierten y asustan a los niños en divertidas cabalgatas. En Austria, durante el día de San Nicolás, llamado también la noche de Krampus “Krampusnacht”, muchos adultos disfrazados de esta criatura con trajes que pueden superar los 40kg de peso, comienzan un antiguo ritual conocido hasta el presente como la “Carrera del Krampus”, en el que los disfrazados portan antorchas y se abren paso por las calles asustando y fustigando con ramas secas a mayores y niños. Esas noches de terror y mascarada se volvieron tan populares que eventualmente el 5 de diciembre se declaro oficialmente la Noche de Krampus. La adoración de Krampus fue tan común que resultaba normal recibir tarjetas de navidad con el mensaje ““Saludos de Krampus.” Pero la iglesia prohibió la noche de krampus por considerarla una fiesta de celebración del demonio. no todas las manifestaciones culturales y religiosas lograron sobrevivir intactas el traspaso a la cultura anglosajona. Por ejemplo, muy pocas familias mantuvieron la celebración de San Nicolas el 5 de diciembre, San Nicolás se convirtió en Santa Claus y se modifico la fecha de entrega de los regalos, -del 5 de dicembre a la víspera de la navidad-. Probablemente a los ejecutivos de Coca Cola –a quienes se les atribuye la invención de la moderna imagen de Santa Claus– no consideraron políticamente correcto mantener a Krampus, un diablo cornudo y violento como compañero de Santa Claus y fue suprimido. A pesar que la pagana celebración de navidad hoy en día ha sido completamente endulzada y comercializada, muchos de los antecedentes de la navidad pueden ser identificados en los oscuros orígenes de la leyenda del Krampus. Si se mira la paralela dualidad que existía entre el generoso Santa Claus y el diabólico Krampus, se podría lanzar la hipótesis que Santa Claus y Krampus no pasaron a ser separadas entidades, sino que se fundieron en uno solo. Por ejemplo, así se podría justificar porque Santa heredo un atuendo de color rojo que inicialmente fue característico de Krampus. Los Krampus de hoy día recorren las calles en la noche tocando campanas, gritando, danzando festivamente al son de música techno y todavía cumplen su misión de asustar tanto a niños como adultos.

La Chica Del Asiento De Atrás


Un conductor de autobuses regresa su vehículo a las cocheras. El autobús está vacío y el sueño empieza a vencerle, cuando de repente una chica se cruza en la carretera e irremediablemente la atropella. Asustado escapa del lugar…
Julián acababa de terminar su turno de noche, únicamente debía dejar el autobús en la cochera antes de regresar a casa, un trayecto de unos 25 minutos (saliendo de la ciudad) que siempre se le hacían eternos.

Mientras transportaba pasajeros su trabajo era entretenido, siempre podía escuchar las conversaciones de los demás o entretenerse mirando la minifalda de alguna jovencita por el espejo retrovisor; pero, con el autobús completamente vacío, los minutos se volvían horas.
Además estaba especialmente cansado, ya que la noche anterior apenas había dormido cuatro horas. Mientras conducía, el sueño le iba venciendo y sin querer pegaba algún pequeño cabezazo.

Se durmió apenas unas décimas de segundo, tiempo suficiente para perder el control del autobús y pegarse el susto de su vida al encontrarse en mitad de la calzada a una chica que asustada trataba de esquivar el pesado vehículo. Todo fue en vano: la velocidad a la que iba el vehículo, unida al estado de aletargamiento del conductor, provocaron que, incluso pisando el freno hasta su tope, el autobús arrollara a la joven. El sonido de las ruedas destrozando los huesos de su delicado cuerpo mientras el trasporte saltaba como si acabara de pasar un obstáculo, estremeció a Julián y lo dejó helado.

Estaba bloqueado, sin duda había sido su culpa, la chica estaba muerta, de eso no había duda. Mirando por el espejo una vez detenido el autobús, se podía ver como el cuerpo boca abajo estaba destrozado. No había nadie cerca que hubiese visto el accidente y miles de ideas se agolparon en su cabeza. Se imaginó en la cárcel y sin nadie que pudiera llevar el pan a la mesa de sus dos hijos. En el mejor de los casos perdería su trabajo ya que había excedido las horas legales en que podía conducir un trasporte. Seguro que su jefe, cuando se iniciara una investigación, le echaría a la calle antes de buscarse problemas él mismo.

Asustado y aún confuso pegó un acelerón comprobando que no hubiera nadie cerca que pudiera identificarle, escapó de allí sin tan siquiera bajarse del autobús y en su huída no respetaba señales de tráfico ni los límites de velocidad. Una fuerte culpa le oprimía el pecho y como por instinto miró por el espejo interior del vehículo, no había nadie en los asientos pero sentía como dos ojos le punzaban en la nuca, como si alguien le mirara fijamente.

Entonces la vio…

En el último asiento había una chica sentada que no dejaba de mirarle, giró su cuerpo para revisar la parte de atrás sin usar el espejo, pero no había nadie. Temblando y con el cuerpo casi agarrotado por el miedo, regresó su mirada a la carretera, pero casi involuntariamente volvió a mirar por el espejo. La chica se levantó y comenzó a avanzar hacia él, de nuevo se giró y no pudo ver a nadie. Un nuevo escalofrío le recorrió la espalda, estaba tan asustado que quería bajarse del autobús y salir corriendo pero incluso para eso era demasiado cobarde.

Julián se giraba una y otra vez a mirar la parte trasera del autobús, no había nadie, pero él sabía que estaba ahí, podía sentir su mirada clavándose en él. No se atrevía a mirar ese espejo que parecía tener algún extraño vínculo con el mundo de los muertos. Pero como la polilla que se acerca demasiado a la llama y acaba quemándose por no poder controlar sus instintos, Julián miró una vez más por el espejo.

La chica no se había movido desde la última vez, estaba en el mismo lugar, como congelada, pero al regresar la mirada de Julián al espejo fue como si se reactivara, avanzó inexorablemente hasta el asiento del piloto ―mientras Julián, paralizado, no podía apartar la mirada de la joven que se le acercaba―, extendió su mano y agarró el hombro del conductor.

Julián sintió como el frío más intenso  que jamás pudo imaginar le quemaba el hombro, justo una fracción de segundo después una fuerte luz le alertó de que debía mirar de nuevo hacia la carretera: allí, un camión que circulaba por su carril le avisaba con sus luces de que estaban a punto de colisionar. Julián giró bruscamente el volante y el autobús perdió el control precipitándose por una ladera, el viaje terminó tan bruscamente como comenzó al impactar de frente contra un enorme árbol que igualmente se doblegó ante varias toneladas de acero.

Julián despertó un día después en el hospital, la mirada incriminatoria de una enfermera le alertó de que algo iba mal, deseaba que todo fuera tan sólo un sueño, o mejor dicho una pesadilla. Pero una pareja de policías que habían estado esperando en la puerta de su habitación apareció tras que la enfermera les comunicó que él había recobrado la consciencia.

Buenas tardes, señor, estamos aquí porque existen indicios de que el autobús que usted conducía atropelló a una joven la noche del viernes, se han encontrado restos de sangre que coinciden con los de la víctima y un fuerte impacto en su carrocería.

¿Reconoce usted a la chica de esta foto?

Julián palideció al instante al reconocer al fantasma que vio en el espejo e inmediatamente sintió de nuevo un frío desgarrador en el hombro: la chica aún seguía con él, esperando que cometiera el error de mirar de nuevo a un espejo. La quemadura con la marca de sus dedos en su hombro estaría ahí siempre para recordárselo.

El lobo gris.


Una oscura tarde de primavera, un joven estudiante inglés, que había estado viajando por esos alejados fragmentos de Escocia denominados las Orcadas y las Shetland, se encontró en una pequeña isla de las últimamente nombradas, atrapado por una tormenta de viento y un fuerte granizo, que irrumpió de improviso. Fue en vano buscar cualquier refugio, ya que no solo que la borrasca había oscurecido por completo el paisaje, sino que tampoco había más que musgo desértico a su alrededor.

Al final, sin embargo, luego de mucho caminar, se encontró al borde de un acantilado, y vio sobre la cima, tan solo a unos pies de donde se encontraba, una saliente de rocas, que podrían servirle de refugio apropiado. Trepó por sí mismo y al llegar al lugar, se dio cuenta que el piso crujía a cada uno de sus pasos. Entonces se percató que estaba pisando sobre los huesos de muchos animales pequeños, que estaban esparcidos frente a una pequeña caverna que le ofrecían el refugio buscado. Se sentó sobre una piedra y, a medidad que la tempestad decrecía en violencia, la oscuridad iba en aumento y él se sentía cada vez más incómodo, ya que no le gustaba nada la idea de pasar toda la noche en tal lugar. Se había separado de sus compañeros desde el lado opuesto de la isla y su incomodidad se veía acrecentada por un sentimiento de aprensión. Al final, cuando se calmó por completo la tormenta, escuchó el ruido de una pisada, suave y furtiva como la de un animal salvaje, bajo los huesos de la entrada de la cueva. Se paró, como presa de algún temor, a pesar del pensamiento de que no había animales peligrosos en aquella isla. Antes que tuviera tiempo de pensarlo, el rostro de una mujer apareció por la entrada. No podía verla bien, ya que estaba en una parte oscura de la cueva.

- ¿Me podría decir como encontrar el camino a través del páramo hasta Shielness? - preguntó.
- No lo podrá encontrar esta noche - respondió en un tono dulce, y con una sonrisa hechizante que reveló unos dientes de lo más blancos.
- ¿Por que no puedo?
- Mi madre le dará refugio esta noche, pero es todo lo que le puede ofrecer.
- Y es más de lo que esperaba hace un minuto atrás, - replicó él. - Estoy más que agradecido.

Ella se dio vuelta en silencio y abandonó la caverna, y el joven la siguió. Estaba descalza, y sus bellos pies marchaban de manera felina sobre las piedras. Ella le mostró el camino a través de una senda rocosa hacia la costa. Sus vestimentas eran escasas y estaban raídas, y su cabello se enmarañaba con el viento. Parecía tener unos veinte o veinticinco años y era ágil y pequeña. Mientras caminaba, sus largos dedos estaban ocupados en jalar y aferrar nerviosamente sus faldas. Su rostro era muy gris y bastante consumido, pero delicadamente formado, y con piel muy tersa. Sus delgadas fosas nasales estaban trémulas como párpados, y los labios, de curvas inmaculadas, no daban signos de poseer sangre en sus interiores. Como eran sus ojos, él no podía apreciar, ya que ella no levantaba nunca las delicadas películas de sus párpados. Llegaron al pie del acantilado, donde se levantaba una pequeña cabaña, que utilizaba una cavidad natural en la roca. El humo se esparcía por sobre la faz de la roca, y un agradable aroma a comida esperanzaba al hambriento estudiante. Su guía abrió la puerta de la cabaña y él la siguió al interior, y vio a una mujer encimada sobre la chimenea. Sobre el fuego había una parrilla con un largo pescado. La hija habló unas palabras, y la madre se dio la vuelta y recibió al extraño. Ella era muy vieja y su rostro estaba muy arrugado, parecía estar afligida. Desempolvó la única silla en la casa y la ubicó junto al fuego ofreciéndola al joven, quien se sentó mirando hacia una ventana, a través de la cual se vio una pequeña parcela de arenas, más allá de las cuales las olas rompían lánguidamente. Bajo esta ventana había un banco, sobre el que la hija se sentó en inusual postura, dejando descansar su barbilla sobre su mano. Un momento después, el joven pudo por primera vez notar el aspecto de sus ojos azules. Le estaban mirando fijo con un extraño aspecto de avidez, casi de deseo ardiente pero, como si cayera en cuenta de que la mirada la traicionaba, ella quitó la vista inmediatamente. En el momento en que ella disimuló su mirada, su rostro, no obstante su palidez, era casi hermoso.

Cuando la comida estuvo lista, la vieja pasó un paño por la mesa, y la cubrió con una pieza de fina mantelería. Luego sirvió el pescado en una fuente de madera, e invitó al joven a servirse. Viendo que no había otras provisiones, sacó de su bolsillo un cuchillo de cacería, y sacó una porción de carne, ofreciéndoselo a la madre en primer lugar.

- Adelante, mi cordero, - dijo la vieja mujer; y la hija se acercó a la mesa. Pero sus fosas nasales y boca se estremecían de manera desagradable.

Al siguiente momento ella se dio la vuelta y salió corriendo de la cabaña.

- No le gusta el pescado, - dijo la vieja, - y no tengo nada mejor para darle.
- No parece tener buena salud, - replicó el joven.

La mujer solo respondió con un suspiro, y luego comieron el pescado, acompañándolo tan solo con un pequeño pan de centeno. Cuando terminaron, el joven escuchó el sonido como de pisadas de perros sobre la arena cercana a la puerta, pero antes que tuviera tiempo de mirar por la ventana, la puerta se abrió, y la joven entró. Se veía mejor, quizás porque habíase lavado la cara. Se arrinconó en un taburete, en la esquina opuesta al fuego. Pero cuando se sentó, para su perplejidad y hasta su horror, el estudiante pudo ver una gota de sangre sobre su blanca piel entre su desgarrado vestido. La mujer sacó una jarra de whisky, y puso un calderón sobre el fuego, tomando un lugar frente a este. Tan pronto como el agua hirvió, procedió a hacer un ponche en un tazón de madera.

En mientras, el estudiante no podía quitar sus ojos de la joven, hasta que al final se quedó fascinado, o quizás cautivado por ella. Ella mantenía sus ojos durante la mayor parte del tiempo cubiertos por sus adorables párpados, coronados con oscuras pestañas; él continuó mirando extasiado, ya que el fulgor rojo de la pequeña lámpara cubría en su totalidad todas las rarezas de su complexión. Pero tan pronto como recibía cualquier mirada de aquellos ojos, su alma se estremecía. El rostro adorable y la mirada ardiente alternaban fascinación y repulsión. La madre puso el tazón en sus manos. Bebió con moderación y se lo pasó a la chica. Ella lo deslizó por sus labios, y luego de probarlo (tan solo probarlo) lo miró a él. El joven pensó que la bebida debería tener alguna droga que afectó su mente. Su cabello se alisó hacia atrás, y esto provocó que su frente se adelantara, mientras la parte inferior de su rostro se proyectó hacia el tazón, revelando antes de beberlo, su obnubilante dentadura de extraña prominencia. Al instante esta visión se desvaneció; ella le regresó el recipiente a su madre, se levantó y volvió a salir de la estancia.

Entonces la vieja mujer le mostró una cama de brezo en una esquina al tiempo que susurraba una apología; y el estudiante, fatigado tanto del día como de las peculiaridades de la noche, se arrojó en el lecho, y cubrió con su capa. Cuando se acostó, afuera, la tormenta se reinició y el viento comenzó nuevamente a soplar a través de las grietas de la cabaña, de manera que solo luego de cubrirse hasta la cabeza con la capa pudo verse al resguardo de tales ráfagas. Incapaz de dormir, se quedó escuchando el estrépito de la tempestad, que crecía en intensidad a cada minuto. Luego de un rato, se abrió la puerta, y la joven entró, acercándose al fuego, sentándose en la banqueta frente al mismo, en la misma extraña postura, con el mentón apoyado sobre la mano y el codo, y la cara mirando al joven. Él se movió un poco; ella dejó caer la cabeza y cruzó los brazos bajo su frente. La madre había desaparecido.

Le dio sueño. Un movimiento del banco lo despertó, y se imaginó que veía una criatura cuadrúpeda alta como un gran perro trotando lentamente hacia afuera. Estaba seguro que sintió una ráfaga de viento frío. Mirando fijamente a través de la oscuridad, creyó ver los ojos de la doncella encontrando a los propios, pero las últimas resplandescencias del fuego le revelaron claramente que la banqueta estaba vacía. Se preguntó que pudo haber pasado para que ella saliera en la tormenta, y luego se quedó profundamente dormido. En la mitad de la noche sintió un dolor en su hombro, y se despertó súbitamente, viendo los ojos incandescentes y la sonriente dentadura de un animal cercana a su rostro. Las garras estaban en su hombro, y sus fauces en el acto de buscar la garganta. Antes que pueda clavar sus colmillos, sin embargo, agarró al animal por el cuello con una mano y sacó el cuchillo de cacería con la otra. A continuación hubo una terrible lucha y, a pesar de las garras, pudo encontrar y sacar el arma. Intentó apuñalar a la bestia, pero fue infructuoso y estaba intentando asegurarse con un segundo intento cuando, con un contorsionante esfuerzo, la criatura zafó y retrocedió y con algo entre un aullido y un grito, escapó de allí. Nuevamente la puerta se abrió; una vez más el viento resopló adentro, y continuó soplando; una ráfaga de lluvia entró al piso de la cabaña y le llegó al rostro. Se levantó del lecho y salió a la puerta.

Afuera estaba muy oscuro, a no ser por el destello de la blancura de las olas cuando rompían, a tan solo unas yardas de la cabaña; el viento soplaba con fuerza, y la lluvia seguía vertiendo agua a cántaros. Un sonido atroz, mezcla de sollozo y aullido vino de algún lugar en la oscuridad. Se dio vuelta y se introdujo de nuevo en la cabaña, cerrando a su paso la puerta, sin embargo no pudo encontrar gran seguridad en esta. La lámpara estaba casi apagada, y no logró asegurarse si la chica estaba sobre la banqueta o no. A pesar de tener una gran repugnancia, se acercó, y puso sus manos sobre esta, para darse cuenta que no había nada allí. Se sentó y esperó hasta que rompieron las primeras luces del día: ya no se atrevía a quedarse nuevamente dormido.

Una vez que hubo amanecido, salió de nuevo y miró alrededor. La mañana estaba un poco oscura, ventosa y gris. El viento había menguado, pero las olas seguían rompiendo salvajemente. Vagó durante algún tiempo por la costa, esperando a que aumente la luz. Al final escuchó un movimiento en la cabaña. Más tarde la voz de la anciana llamándole desde la puerta.

- Se ha levantado muy temprano, joven. Dudo que haya dormido bien.
- No muy bien, - respondió. - ¿pero dónde está su hija?
- Ella no se ha despertado aún - dijo la madre. - Me temo que tengo un pobre desayuno para usted. Pero tomará una copita y un poco de pescado. Es todo lo que tengo.

Sin desear herirla, y dándose cuenta que tenía un buen apetito, se sentó a la mesa. Mientras comían, la hija llegó, pero no quiso mirarlos y se arrinconó en el lugar más lejano de la cabaña. Cuando se acercó un poco, después de uno o dos minutos, el joven vio que ella tenía el pelo empapado, y su rostro estaba más pálido de lo normal. Se veía débil y tenía mal aspecto. Cuando levantó la vista, toda su anterior fiereza habíase desvanecido, y solo quedaba en su lugar una gran expresión de tristeza. Su cuello estaba cubierto con un pañuelo de algodón. Ahora se mostraba mucho más atenta por él, y ya no rehuía la mirada. Poco a poco se iba rindiendo a la tentación de afrontar otra noche en tal lugar, cuando la anciana habló.

- El tiempo ha mejorado ya, joven - dijo. - Sería mejor que marchara, o sus amigos se irán sin usted.

Antes que pudiera responder, vio tal expresión de súplica en la mirada de la chica, que vaciló confundido. Miró de nuevo a la madre y vio un atisbo de ira en su rostro. Ella se levantó y se acercó a su hija, con la mano elevada como para pegarle. La joven inclinó su cabeza con un grito. En tanto el muchacho se lanzó desde la mesa para interponerse entre ellas. Pero la madre ya la había atrapado; el pañuelo se cayó de su cuello; y el joven pudo ver cinco magulladuras azules en su adorable cuello, las marcas de cuatro dedos y el pulgar de una mano izquierda. Con un grito de horror, se quiso ir de la casa, pero cuando llegó a la puerta, se dio vuelta. Su anfitriona estaba inmóvil en el piso, y un enorme lobo gris estaba saltando tras él.

Ahora no había arma a mano; y si hubiese habido, su caballerosidad innata nunca le hubiera permitido utilizarla para dañar a una mujer, a pesar que tuviera el aspecto de un lobo. Insintivamente, se puso firme, se inclinó hacia adelante, con los brazos medio extendidos, y las manos curvadas, como para agarrar nuevamente la garganta sobre la que antes había dejado tales marcas. Pero la criatura eludió su captura, y en vez de sentir sus colmillos, tal y como esperaba, se encontró a la chica gimiendo en su pecho, con sus brazos alrededor del cuello. Al siguiente instante, el lobo gris resurgió y brincó aullando hacia el risco. Recobrándose tanto como su juventud le permitía, el muchacho le siguió, ya que esta era el único camino para salir de ahí, y poder encontrar a sus compañeros.

De repente escuchó de nuevo el sonido de los huesos crujiendo (no como si la criatura los estuviera devorando sino como si hubieran sido molidos por sus dientes para desquitarse de la furia y la desilusión); mirando a su alrededor, volvió a ver la misma caverna en que había tomado refugio la noche anterior. Totalmente resoluto, pasó por ahí, lenta y suavemente. Desde el interior surgió el sonido de una mezcla de gemido y gruñido.

Habiendo alcanzado la cima, corrió a toda velocidad durante algún tiempo antes de aventurarse a mirar a sus espaldas. Cuando al final pudo hacerlo, vio, a lo lejos, contra el cielo, a la chica sentada sobre la cima del acantilado, sacudiendo sus manos. Un solitario gemido cruzó el espacio entre ellos. Ella no hizo intento alguno por seguirlo, y él llegó a la costa opuesta algún tiempo después, sano y salvo.

El regalo de Navidad


Las celebraciones Navideñas despiertan diferentes sentimientos e intereses en cada individuo, en este caso, para una familia entera, era la ocasión perfecta para estar juntos, habían sido desde siempre muy unidos y aunque no necesitaban pretextos para compartir experiencias, la navidad le daba un toque extra a todo el asunto de los momentos de calidad en compañía de la familia.

Conservaban una tradición muy arraigada, no invitaban a nadie a su celebración, era un evento estrictamente familiar. Cada quien preparaba un platillo, y le ayudaban a mamá con la cena principal, todos colocaban un adorno fabricado por ellos mismos en el árbol de Navidad, incluyendo en él un buen deseo para los demás.

Una vez lista la cena, se sentaban todos a la mesa, después de dar gracias, probaban cada uno de los platillos, haciendo bromas entre ellos por la manera de cocinar, recordaban ocasiones pasadas, entre risas y buenos ratos, acababan hasta con el último bocado.

Después de conversar un rato en la mesa, preparaban chocolate, y sentados junto al fuego de la chimenea alguien pasaba los buenos deseos colgados en el árbol al padre, que era el encargado de leerlos, después de leerlos los arrojaban al fuego, pues pensaban que el humo los llevaría hasta el cielo.

Lo siguiente en la lista era abrir los regalos, primero lo hacia el más pequeño, y así seguía hasta llegar con el padre que era el más grande, esa noche en especial notaron algo distinto, cuando habían dado todos sus regalos aun había uno debajo del árbol, nadie lo reconocía, pero estaba dirigido a ellos. Pensando que alguno de sus amigos lo había dejado cuando vino de visita, lo abrieron con gusto esperando una agradable sorpresa.

Cuando lo abrieron miraron extrañados, había dentro de la caja un cuchillo, un pedazo de metal cortado y afilado, un alambre y una nota que decía: – Para los que están en la puerta –, no tuvieron tiempo de reaccionar pues un escalofrió les recorrió el cuerpo cuando el timbre sonó.

La Leyenda del Arbol de Navidad


Cuenta la leyenda que el Árbol de Navidad, se origina en Europa, donde en una noche de frio invierno, un Niño buscaba refugio. Esa misma noche, un Leñador y su Esposa, lo recibieron en su casa y le dieron de comer.
Al pasar la noche, en Niño se convirtió en un Ángel vestido de Oro: Él era el niño Dios, y para recompensar la bondad de la pareja, tomó una rama de Pino y les dijo que la siembren prometiéndoles que cada año les daría frutos.
Así, cuando el arbolito creció, dio a la pareja unas hermosas Manzanas de oro y nueces de plata. Por otro lado, ellos vestían sus arboles en invierno (que era la fecha cuando los arboles perdían sus hojas) para que los espíritus buenos que en ellos habitan, regresen pronto.
Los Adornos más comunes en estos arboles eran las manzanas o piedras pintadas. Algunos dicen que esta costumbre fue el origen de los adornos navideños. Por otra parte, las bolitas de cristal o brillantes, se añadieron allá por el año 1750 en Bohemia. La costumbre del Árbol de Navidad, se extendió por Europa, y América durante el siglo XIX.


Cuando alguien más vive tu vida.

Estaba en una habitación a oscuras.

En la habitación no había nada, salvo yo.

Grité, enloquecí, volví a gritar, y finalmente recuperé la cordura.

En la habitación no había nada; o casi nada, salvo yo y una pequeña abertura en la pared.

A través de esa abertura lo vi TODO.

Pasé días enteros encorvado, en cuclillas, mirando, dejando que el afuera llenara mi ojo.

Vi niños jugando, parejas formulando absurdas promesas, vi el sol, la luna, las estrellas, un perro enamorado de un árbol, vi rostros; muchos rostros: jóvenes y ancianos, tersos y demacrados; vi automóviles y el cortejo fúnebre de las hadas.

En la habitación no había nada; o casi nada, salvo yo, una pequeña abertura en la pared y una puerta.

Padecí horribles tormentos. El ojo (siempre el mismo) comenzó a deteriorarse, pero el afuera era tan cautivador, tan excitante, que me obligué a seguir mirando aún cuando las lágrimas lo empañaban todo.

La puerta estaba cerrada. Lo sé. Siempre lo supe. Las puertas siempre están cerradas.

En la habitación no había nada; o casi nada, salvo yo, una pequeña abertura en la pared, una puerta y una llave.

Loco de alegría, introduje la llave en la cerradura. La puerta se abrió. Cuando tienes la llave, todas las puertas se abren. La luz me cegó. Me detuve sobre el umbral y cerré la puerta, acaso melancólica. Respiré. Me reí del sol, de la luna, de las estrellas. Escupí al perro. Oriné en el árbol. Me burlé de los rostros, muchos rostros: jóvenes y ancianos, tersos y demacrados. Le arrojé piedras a los automóviles y no creí ni por un instante en la existencia de las hadas.

El ojo me dolía espantosamente. El mundo, en mi ojo, era insoportable.

Avancé unos pasos. Luego retrocedí. Di media vuelva y me incliné. Calcé mi ojo ya derretido en la abertura de la pared.

En la habitación no había nada, salvo un ojo que me devuelve la mirada.