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La leyenda del rey mono

 



Cuenta la leyenda que Sun Wukong nació de una piedra mágica y debido a sus increíbles capacidades, pronto fue proclamado Rey de los Monos de las Montañas de las Flores y la Fruta. Sin embargo, nada de esto fue suficiente para él, por lo que decide dejar la montaña en busca de la vida eterna.

Gracias a su fortuna, consiguió que uno de los discípulos de Buda, el gran Subhuti, le mostrara el camino para realizar las 72 transformaciones y efectuar saltos de miles de kilómetros, pero la vanidad de Sun Wukong lo llevó a ser expulsado del templo de Subhuti. Al continuar con su travesía, el Rey Mono se encontró con el bastón mágico (Ru Yi Bang), que el Rey Dragón utilizaba para mantener el equilibrio de los 7 mares. Sun Wukong logró reducir el bastón de 8 toneladas a su tamaño para usarlo como arma, con la cual luchó contra los dioses del inframundo y al derrotarlos consiguió borrar su nombre del libro de La Vida y la Muerte.

Esto promovió la ira de los dioses que decidieron acudir al Emperador de Jade, supremo señor de los cielos, los mares, la tierra y el inframundo quien decidió someter al Rey Mono a su autoridad. Preocupado por todo lo que Sun Wukong había causado, el Emperador de Jade decidió invitarlo al reino celestial y ofrecerle un puesto en su corte, asignándole el cuidado de los jardines donde crecían los duraznos con los que se alimentaban los dioses y diosas para mantener su inmortalidad. Al sentirse en peligro, el Rey Mono comió toda la fruta que pudo y escapó a la tierra seguido por un ejército de cien mil hombres al mando del Emperador, pero gracias al inmenso poder que había alcanzado logró derrotarlos a todos, hasta que finalmente fue vencido por los guerreros celestiales. Todo intento por ejecutarlo fue en vano ya que ninguna espada pudo cortar su cuello, por lo que el Emperador de Jade desesperado, acudió al único ser que podía controlar al Rey Mono, el mismo Buda.

Buda desafió a Sun Wukong a escapar de su mano, condicionado a ser exiliado del mundo mortal si fracasaba, a lo que el Rey Mono aceptó exigiendo el puesto del emperador si tenía éxito, Sun Wukong se dispuso a dar su mejor salto y al caer se encontró frente a 5 columnas gigantescas, creyendo que había llegado al límite del cielo escribió sobre uno de los pilares “El Gran Sabio estuvo aquí” y regresó a cobrar su título. Al volver se encontró con la sorpresa de que su gran salto ni siquiera había podido superar los dedos de Buda, vencido, el Rey Mono trató de escapar, por lo que Buda cerró su mano y la transformó en una montaña de 5 picos donde Sun Wukong quedaría atrapado por los siguientes cinco siglos... hasta que es puesto en libertad con la condición de acompañar al monje Xuanzang en su viaje largo al oeste, de China a India.


Leyenda del Krampus


Todos conocemos la leyenda de Santa Claus, San Nicolás, Papa Noel o como quiera que se le llame. Pero detrás de la imagen de un Santa Claus generoso y amigable con los niños, hay que recordar que existía en el pasado una diabólica leyenda pagana de navidad que recientemente ha renacido, es la del Krampus que se celebra el 5 de diciembre, la víspera del día de San Nicolás. Hay una leyenda que cuenta que los niños que se portan mal reciben de regalo de navidad un trozo de carbon pero en algunos países de Europa, a los niños malos se los lleva en un saco un demonio muy malo llamado Krampus, quien es el espíritu de la Navidad o el espíritu de la naturaleza invernal. La palabra Krampus proviene del antiguo alemán “krampen”, que significa garra. Según la leyenda Santa Claus no viajaba solo, su acompañante era Krampus, un diabólico personaje cubierto de pelo, con una larga lengua roja, largos cuernos y algunas veces llevando un escobilla de abedul o un tridente, resultaba tan peligroso que San Nicolás lo controlaba con fuertes cadenas. Mientras San Nicolás recompensaba con regalos y dulces a los niños buenos, Krampus por el contrario se encargaba de los desobedientes a quienes llenaba sus zapatos con carbón o papas podridas. Dependiendo de sus faltas Krampus podría además castigarlos con su escobilla de abedul, o lo peor a los muy traviesos los secuestraría cargándolos dentro de su costal para devorarlos en el Infierno. En realidad, la iconografía del Krampus, difundida a través de tarjetas de navidad, postales y en libros infantiles, era lo suficientemente terrorífica para mantener la disciplina de los niños, allí se mostraba a Krampus golpeando, torturando e incluso cocinando las criaturas en aceite. Otra parte de la leyenda dice que este demonio que vive bajo tierra, aparece en las noches de Diciembre, merodeando las calles durante dos semanas, haciendo sonar campanas y cadenas oxidadas para asustar a los niños pequeños. Su imagen presenta un rostro diabólico está acompañado de una larga lengua roja, con cuernos en la frente y mirada enfermiza. Tiene el cuerpo cubierto por un oscuro y tupido pelaje, y sus patas son similares a las de un fauno. En muchas imágenes es ilustrado con una canasta en su espalda, en donde coloca a los niños malos para llevarlos al infierno, este demonio es conocido por no repartir dolor, dolor y miedo, porque el castigo al mal comportamiento nunca ha sido la ausencia de regalos sino el dolor, la desesperación y la suplica.

Krampus fue aislado y condenado por la iglesia católica, por ser un demonio pagano, pero no se logro erradicar una tradición tan arraigada. A finales del siglo XX las fiestas de disfraces y reuniones sociales recuperaron la figura del Krampus. Ahora los jóvenes de muchas zonas de Europa como Austria y Hungría se disfrazan de Krampus mientras se divierten y asustan a los niños en divertidas cabalgatas. En Austria, durante el día de San Nicolás, llamado también la noche de Krampus “Krampusnacht”, muchos adultos disfrazados de esta criatura con trajes que pueden superar los 40kg de peso, comienzan un antiguo ritual conocido hasta el presente como la “Carrera del Krampus”, en el que los disfrazados portan antorchas y se abren paso por las calles asustando y fustigando con ramas secas a mayores y niños. Esas noches de terror y mascarada se volvieron tan populares que eventualmente el 5 de diciembre se declaro oficialmente la Noche de Krampus. La adoración de Krampus fue tan común que resultaba normal recibir tarjetas de navidad con el mensaje ““Saludos de Krampus.” Pero la iglesia prohibió la noche de krampus por considerarla una fiesta de celebración del demonio. no todas las manifestaciones culturales y religiosas lograron sobrevivir intactas el traspaso a la cultura anglosajona. Por ejemplo, muy pocas familias mantuvieron la celebración de San Nicolas el 5 de diciembre, San Nicolás se convirtió en Santa Claus y se modifico la fecha de entrega de los regalos, -del 5 de dicembre a la víspera de la navidad-. Probablemente a los ejecutivos de Coca Cola –a quienes se les atribuye la invención de la moderna imagen de Santa Claus– no consideraron políticamente correcto mantener a Krampus, un diablo cornudo y violento como compañero de Santa Claus y fue suprimido. A pesar que la pagana celebración de navidad hoy en día ha sido completamente endulzada y comercializada, muchos de los antecedentes de la navidad pueden ser identificados en los oscuros orígenes de la leyenda del Krampus. Si se mira la paralela dualidad que existía entre el generoso Santa Claus y el diabólico Krampus, se podría lanzar la hipótesis que Santa Claus y Krampus no pasaron a ser separadas entidades, sino que se fundieron en uno solo. Por ejemplo, así se podría justificar porque Santa heredo un atuendo de color rojo que inicialmente fue característico de Krampus. Los Krampus de hoy día recorren las calles en la noche tocando campanas, gritando, danzando festivamente al son de música techno y todavía cumplen su misión de asustar tanto a niños como adultos.

La Chica Del Asiento De Atrás


Un conductor de autobuses regresa su vehículo a las cocheras. El autobús está vacío y el sueño empieza a vencerle, cuando de repente una chica se cruza en la carretera e irremediablemente la atropella. Asustado escapa del lugar…
Julián acababa de terminar su turno de noche, únicamente debía dejar el autobús en la cochera antes de regresar a casa, un trayecto de unos 25 minutos (saliendo de la ciudad) que siempre se le hacían eternos.

Mientras transportaba pasajeros su trabajo era entretenido, siempre podía escuchar las conversaciones de los demás o entretenerse mirando la minifalda de alguna jovencita por el espejo retrovisor; pero, con el autobús completamente vacío, los minutos se volvían horas.
Además estaba especialmente cansado, ya que la noche anterior apenas había dormido cuatro horas. Mientras conducía, el sueño le iba venciendo y sin querer pegaba algún pequeño cabezazo.

Se durmió apenas unas décimas de segundo, tiempo suficiente para perder el control del autobús y pegarse el susto de su vida al encontrarse en mitad de la calzada a una chica que asustada trataba de esquivar el pesado vehículo. Todo fue en vano: la velocidad a la que iba el vehículo, unida al estado de aletargamiento del conductor, provocaron que, incluso pisando el freno hasta su tope, el autobús arrollara a la joven. El sonido de las ruedas destrozando los huesos de su delicado cuerpo mientras el trasporte saltaba como si acabara de pasar un obstáculo, estremeció a Julián y lo dejó helado.

Estaba bloqueado, sin duda había sido su culpa, la chica estaba muerta, de eso no había duda. Mirando por el espejo una vez detenido el autobús, se podía ver como el cuerpo boca abajo estaba destrozado. No había nadie cerca que hubiese visto el accidente y miles de ideas se agolparon en su cabeza. Se imaginó en la cárcel y sin nadie que pudiera llevar el pan a la mesa de sus dos hijos. En el mejor de los casos perdería su trabajo ya que había excedido las horas legales en que podía conducir un trasporte. Seguro que su jefe, cuando se iniciara una investigación, le echaría a la calle antes de buscarse problemas él mismo.

Asustado y aún confuso pegó un acelerón comprobando que no hubiera nadie cerca que pudiera identificarle, escapó de allí sin tan siquiera bajarse del autobús y en su huída no respetaba señales de tráfico ni los límites de velocidad. Una fuerte culpa le oprimía el pecho y como por instinto miró por el espejo interior del vehículo, no había nadie en los asientos pero sentía como dos ojos le punzaban en la nuca, como si alguien le mirara fijamente.

Entonces la vio…

En el último asiento había una chica sentada que no dejaba de mirarle, giró su cuerpo para revisar la parte de atrás sin usar el espejo, pero no había nadie. Temblando y con el cuerpo casi agarrotado por el miedo, regresó su mirada a la carretera, pero casi involuntariamente volvió a mirar por el espejo. La chica se levantó y comenzó a avanzar hacia él, de nuevo se giró y no pudo ver a nadie. Un nuevo escalofrío le recorrió la espalda, estaba tan asustado que quería bajarse del autobús y salir corriendo pero incluso para eso era demasiado cobarde.

Julián se giraba una y otra vez a mirar la parte trasera del autobús, no había nadie, pero él sabía que estaba ahí, podía sentir su mirada clavándose en él. No se atrevía a mirar ese espejo que parecía tener algún extraño vínculo con el mundo de los muertos. Pero como la polilla que se acerca demasiado a la llama y acaba quemándose por no poder controlar sus instintos, Julián miró una vez más por el espejo.

La chica no se había movido desde la última vez, estaba en el mismo lugar, como congelada, pero al regresar la mirada de Julián al espejo fue como si se reactivara, avanzó inexorablemente hasta el asiento del piloto ―mientras Julián, paralizado, no podía apartar la mirada de la joven que se le acercaba―, extendió su mano y agarró el hombro del conductor.

Julián sintió como el frío más intenso  que jamás pudo imaginar le quemaba el hombro, justo una fracción de segundo después una fuerte luz le alertó de que debía mirar de nuevo hacia la carretera: allí, un camión que circulaba por su carril le avisaba con sus luces de que estaban a punto de colisionar. Julián giró bruscamente el volante y el autobús perdió el control precipitándose por una ladera, el viaje terminó tan bruscamente como comenzó al impactar de frente contra un enorme árbol que igualmente se doblegó ante varias toneladas de acero.

Julián despertó un día después en el hospital, la mirada incriminatoria de una enfermera le alertó de que algo iba mal, deseaba que todo fuera tan sólo un sueño, o mejor dicho una pesadilla. Pero una pareja de policías que habían estado esperando en la puerta de su habitación apareció tras que la enfermera les comunicó que él había recobrado la consciencia.

Buenas tardes, señor, estamos aquí porque existen indicios de que el autobús que usted conducía atropelló a una joven la noche del viernes, se han encontrado restos de sangre que coinciden con los de la víctima y un fuerte impacto en su carrocería.

¿Reconoce usted a la chica de esta foto?

Julián palideció al instante al reconocer al fantasma que vio en el espejo e inmediatamente sintió de nuevo un frío desgarrador en el hombro: la chica aún seguía con él, esperando que cometiera el error de mirar de nuevo a un espejo. La quemadura con la marca de sus dedos en su hombro estaría ahí siempre para recordárselo.

Mercado de los deseos


Mientras caminaba por la acera de una calle de una ciudad pobre y olvidada de la mano de Dios buscando un regalo para una mujer que quiero mucho, crucé por un pequeño mercado de collares y baratijas comerciales, en el cual una mujer de muy avanzada edad que apenas podía ponerse en pie sentada al inicio de la calle me sujeto el brazo, y con una voz muy suave

LA LEYENDA DE LA ARAÑA DE NAVIDAD



La Araña de Navidad es una leyenda alemana que se originó ya hace mucho tiempo. Hoy en día precisamente son muchos los alemanes que colocan en su árbol de Navidad una araña brillante.

Hubo una vez hace mucho, mucho tiempo, un hogar alemán en el que la madre se encargaba de limpiar la casa para celebrar el día más maravilloso del año.

Era el día en el que nacía Jesús, el día de la Navidad. Ella limpiaba y limpiaba para que no pudiera ser encontrada ni una sola mota de polvo. Incluso limpió esos rincones en donde en muchas ocasiones al hacer mucho tiempo que no se limpia suelen aparecer minúsculas telas de araña. Las pequeñas arañas, viendo sus telas destruidas, huyeron y subieron a algún rincón del ático.

Por fin llegó la víspera del Día de Navidad.

En esa casa colocaron y decoraron con mucho orgullo y alegría el árbol, y la madre se quedó junto a la chimenea, esperando que sus hijos bajaran de sus habitaciones. Sin embargo, las arañas, que habían sido desterradas tras la ardua limpieza de la madre, estaban desesperadas porque no iban a poder estar presentes en la mañana de Navidad. La araña más vieja y sabia sugirió que podían ver la escena a través de una pequeña rendija en el vestíbulo.

Silenciosamente, salieron del ático, bajaron las escaleras y se escondieron en la pequeña grieta que había en el vestíbulo. De repente la puerta se abrió y las arañas asustadas corrieron por toda la habitación. Se escondieron en el árbol de Navidad y se arrastraron de rama en rama, subiendo y bajando, buscando esconderse en las decoraciones más bonitas.

Cuando Santa Claus bajó por la chimenea aquella noche y se acercó al árbol, se dio cuenta con espanto que estaba lleno de arañas. Santa Claus sintió lástima de las pequeñas arañas, porque son criaturas de Dios, sin embargo pensó que la dueña de la casa no pensaría lo mismo que él.

De inmediato, con un toque de magia, golpeó un poco el árbol y convirtió a las arañas en largas tiras brillantes y luminosas.

Desde entonces, en Alemania, todos los años, los abuelos les cuentan a sus nietos la leyenda de las Arañas de Navidad, y colocan con ellos las guirnaldas brillantes de colores en el árbol.

Y cuenta la tradición que siempre hay que incluir una araña en medio de cada decoración.

Una Navidad a oscuras


Carol tenía que escribir un cuento de Navidad, pero no tenía ganas. Sus padres habían perdido el trabajo y apenas tenían dinero, se había peleado con su hermano, la televisión y los periódicos estaban llenos de guerras y malas noticias… Ella era con mucho la mejor de su escuela escribiendo y había sido elegida para el concurso nacional, pero le daba igual.

- ¡A la porra con la Navidad! Escribiré un cuento de terror.

¡Qué magnífico cuento de terror! Estaba tan inspirada que escribió hasta bien entrada la noche. Pero poco antes de terminar su historia, la compañía eléctrica cumplió su amenaza y cortó la luz ¡Qué rabia! Carol se desesperó. No conseguiría acabar a tiempo la mejor obra de su vida. Una vez más, todo salía mal, y la pobre niña rompió a llorar en su habitación a oscuras.

Lloró durante largo rato, hasta que una pequeña luz apareció en la habitación, flotando en el aire, haciendo círculos. La niña secó sus lágrimas, emocionada ¿Será un ángel, una hada, un duende, una estrella mágica? Nada de eso. Al acercarse solo pudo ver una pobre y triste luciérnaga

-¡Arrrrg, nada me sale bien!

Pero había que reconocer que descubrir aquella pequeña luz había sido emocionante, y además le dio una idea. A falta de velas y electricidad, tomó un pequeño farolillo y salió fuera. Entonces atrapó unas cuantas luciérnagas, las puso en el farolillo, y con la débil luz que emitían pudo completar su historia. Por primera vez en mucho tiempo se sintió feliz.

Tan contenta estaba, que comenzó a bailar y dar gracias a su pequeña luciérnaga. Y fue entonces cuando comprendió que no podía mandar a a la porra la Navidad, porque el oscuro y triste mundo que tan poco le gustaba también necesitaba una pequeña luz que le diera un poco de alegría y esperanza.

Y, sin importarle las horas, Carol juntó toda la alegría y la esperanza que le quedaban en el corazón para vestirse con una gran sonrisa y escribir un precioso cuento de Navidad que conmovió a cuantos lo leyeron. Su cuento se extendió de tal forma por todas partes, que aquel año fueron millones las personas que llevaron un poquito más de luz al mundo y, por primera vez en mucho tiempo, los periódicos no tuvieron malas noticias que contar. Y aquel 25 de diciembre todas sus portadas no tuvieron más remedio que abrir con un mismo titular: ¡Feliz Navidad!

RECUERDOS DE UNA MAÑANA DE NAVIDAD


No lo creí. Los ángeles tenían cosas más importantes que hacer con su tiempo que observar si yo era un niño bueno o malo. Aun con mi limitada sabiduría de un niño de siete años, había decidido que, en el mejor de los casos, el Ángel sólo podía vigilar a dos o tres muchachos a la vez... y ¿por qué habría de ser yo uno de éstos? Las ventajas, ciertamente, estaban a mi favor. Y, sin embargo, mamá, que sabía todo, me había repetido una y otra vez que el Ángel de la Navidad sabía, veía y evaluaba todas nuestras acciones y que no podíamos compararlo con cualquier cosa que pudiéramos entender nosotros, los ignorantes seres humanos. De todos modos, no estaba muy seguro de creer en el Ángel de la Navidad.

Todos mis amigos del barrio me dijeron que Santa Claus era el que llegaba la víspera de la Navidad y que nunca supieron de un ángel que llevara regalos. Mamá vivió en América durante muchos años y bendecía a su nueva tierra como su hogar permanente, pero siempre fue tan italiana como la polenta y, para ella, siempre sería un ángel. "Quién es este Santa Claus?", solía decir. "Y, ¿qué tiene que ver con la Navidad?".

Además, debo reconocer que nuestro ángel italiano me impresionaba mucho. Santa Claus siempre era más generoso e imaginativo. Les llevaba a mis amigos bicicletas, rompecabezas, bastones de caramelo y guantes de béisbol. Los ángeles italianos siempre llevaban manzanas, naranjas, nueces surtidas, pasas un pequeño pastel y unos pequeños dulces redondos de ‘orosuz’ que llamábamos bottone di prete (botones de sacerdote) porque se parecían a los botones que veíamos en la sotana del padrecito. Además, el Ángel siempre ponía en nuestras medias algunas castañas importadas, tan duras como las piedras. Debo admitir que nunca supe qué hacer con las castañas.

Finalmente se las dábamos a mamá para que las hirviera hasta que se sometieran y luego las pelábamos y las comíamos de postre después de la cena de Navidad. Parecía un regalo poco apropiado para un niño de seis o siete años. A menudo pensé que el Ángel de la Navidad no era muy inteligente.

Cuando cuestioné a mamá acerca de esto, ella solía contestar que no me correspondía a mí, "que todavía era un muchachito imberbe", poner en tela de juicio a un ángel, especialmente al Ángel de la Navidad.

En esta época navideña en particular, mi comportamiento de un siete años era todo menos ejemplar. Mis hermanos y hermanas, todos mayores que yo, por lo visto nunca causaban problemas. En cambio yo siempre estaba en medio de todos los problemas. A la hora de la comida aborrecía todo. Me obligaban a probar un poco di tutto (de todo) y cada comida se convertía en un reto... Felice, como me llamaba la familia, contra el mundo de los adultos. Yo era el que nunca me acordaba de cerrar la puerta del gallinero, el que prefería leer a sacar la basura y el que, sobre todo, reclamaba todo lo que mamá y papá hacían, sentían u ordenaban. En pocas palabras, era un niño malcriado.

Cuando menos un mes antes de la Navidad, mamá me advertía: "Te estás portando muy mal, Felice. Los ángeles de la Navidad no llevan regalo a los niños malcriados. Les llevan un palo de durazno para pegarte en las piernas. De modo que – me amenazaba – más vale que cambies tu comportamiento. Yo no puedo portarme bien por ti. Sólo tu puedes optar por ser un buen niño".

"¿Qué me importa? – contestaba yo - . De todos modos el ángel nunca me trae lo que quiero. "Y durante las siguientes semanas hacía muy poco para ‘mejorar mi comportamiento’.

Como sucede en la mayoría de los hogares, la Nochebuena era mágica. A pesar de que éramos muy pobres, siempre teníamos comida especial para la cena. Después de cenar nos sentábamos alrededor de la vieja estufa de leña que era el centro de nuestras vidas durante los largos meses de invierno y platicábamos y reíamos y escuchábamos cuentos. Pasábamos mucho tiempo planeando la fiesta del día siguiente, para la cual nos habíamos estado preparando toda la semana. Como éramos una familia católica, todos íbamos a confesarnos y después nos dedicábamos a decorar el árbol. La noche terminaba con una pequeña copa del maravilloso zabaglione de mamá. ¡No importaba que tuviera un poco de vino; la Navidad sólo llegaba una vez al año!.

Estoy seguro de que sucede con todos los niños, pero no era casi imposible dormir en la Nochebuena. Mi mente divagaba. No pensaba en las golosinas, sino que me preocupaba seriamente la posibilidad de que el ángel de la Navidad no llegara a mi casa o que se le acabaran los regalos. Me emocionaba mucho la posibilidad de que Santa Claus olvidara que éramos italianos y de cualquier modo nos visitara sin darse cuenta de que el Ángel ya me había visitado. ¡Así recibiría el doble de todo!

¿Por qué sucede que en la mañana de Navidad, por poco que se duerma la noche anterior, nunca resulta difícil despertar y levantarnos? Así ocurrió esa mañana en particular. Fue cuestión de minutos, después de escuchar los primeros movimientos, para que todos nos levantáramos y saliéramos disparados hacia la cocina y el tendedero donde estaban colgadas nuestras medias y debajo de éstas se encontraban nuestros brillantes zapatos recién lustrados.

Todo estaba tal como lo habíamos dejado la noche anterior. Excepto que las medias y los zapatos estaban llenos hasta el tope con los generosos regales del Ángel de la Navidad... es decir, todos excepto los míos. Mis zapatos, muy brillantes, estaban vacíos. Mis medias colgaban sueltas en el tendedero y también estaban vacías, pero de una de ellas salía una larga rama seca de durazno.

Alcancé a ver las miradas de horror en los rostros de mi hermano y mis hermanas. Todos nos detuvimos paralizados. Todos los ojos se dirigieron hacia mamá y papá y luego regresaron a mí.

- Ah, lo sabía – dijo mamá -. Al Ángel de la Navidad no se le va nada. El Ángel sólo nos deja lo que merecemos.

Mis ojos se llenaron de lágrimas. Mis hermanas trataron de abrazarme para consolarme, pero las rechacé con furia.

- Ni quería esos regalos tan tontos – exclamé -. Odio a ese estúpido Ángel. Ya no hay ningún Ángel de la Navidad.

Me dejé caer en los brazos de mamá. Ella era una mujer voluminosa y su regazo me había salvado de la desesperación y de la soledad en muchas ocasiones. Noté que ella también lloraba mientras me consolaba. También papá. Los sollozos de mis hermanas y los lloriqueos de mi hermano llenaron el silencio de la mañana.

Después de un rato, mi madre dijo, como si estuviera hablando con ella misma:

- Felice no es malo. Sólo se porta mal de vez en cuando. El Ángel de la Navidad lo sabe. Felice sería un niño bueno si hubiera querido, pero este año prefirió ser malo. No le quedó alternativa al Ángel. Tal vez el próximo año decida portarse mejor. Pero, por el momento, todos debemos ser felices de nuevo.

De inmediato todos vaciaron el contenido de sus zapatos y medias en mi regazo.

- Ten – me dijeron -, toma esto.

En poco tiempo otra vez la casa estaba llena de alegría, sonrisas y conversación. Recibí más de lo que cabía en mis zapatos y medias.

Mamá y papá habían ido a misa temprano, como de costumbre. Juntaron las castañas y empezaron a hervirlas durante muchas horas en una maravillosa agua llena de especias y había otra olla hirviendo entre las salsa. Los más delicados olores surgieron del horno como mágicas pociones. Todo estaba preparado para nuestra milagrosa cena de Navidad.

Nos alistamos para ir a la iglesia. Como era su costumbre, mamá nos revisó, uno por uno; ajustaba un cuello aquí, jalaba el cabello por allá, una caricia suave para cada uno... Yo fui el último. Mamá fijó sus enormes ojos castaños en los míos.

- Felice – me dijo -, ¿entiendes por qué el Ángel de la Navidad no pudo dejarte regalos?
- Sí – respondí.
- El Ángel nos recuerda que siempre tendremos lo que merecemos. No podemos evadirlo. Algunas veces resulta difícil entenderlo y nos duele y lloramos. Pero nos enseña lo que está bien hecho y lo que está mal y, así, cada año seremos mejores.

No estoy muy seguro de haber entendido en aquellos momentos lo que mamá quiso decirme. Sólo estaba seguro de que yo era amado; que me habían perdonado por cualquier cosa que hubiese hecho y que siempre me darían otra oportunidad.

Jamás he olvidado aquella Navidad tan lejana. Desde entonces, la vida no siempre ha sido justa ni tampoco me ha ofrecido lo que creí merecer, ni se me ha recompensado por portarme bien. A lo largo de los años he llegado a comprender que he sido egoísta, malcriado, imprudente y quizá, en ocasiones, hasta cruel... pero nunca olvidé que cuando hay perdón, cuando las cosas se comparten, cuando se da otra oportunidad y amor sin límite, el Ángel de la Navidad siempre está presente y siempre es Navidad.

El Soldadito de Plomo


Por: Hans Christian Andersen

Érase una vez un niño que tenía muchísimos juguetes. Los guardaba todos en su habitación y, durante el día, pasaba horas y horas felices jugando con ellos.

Uno de sus juegos preferidos era el de hacer la guerra con sus soldaditos de plomo. Los ponía enfrente unos de otros, y daba comienzo a la batalla. Cuando se los regalaron, se dio cuenta de que a uno de ellos le faltaba una pierna a causa de un defecto de fundición.

No obstante, mientras jugaba, colocaba siempre al soldado mutilado en primera línea, delante de todos, incitándole a ser el más aguerrido. Pero el niño no sabía que sus juguetes durante la noche cobraban vida y hablaban entre ellos, y a veces, al colocar ordenadamente a los soldados, metía por descuido el soldadito mutilado entre los otros juguetes.

LA NAVIDAD DE SNOWY


por Alberto Pérez Gomez

El año que mamá Noél repartió los regalos de NavidadEse año, los niños estaban muy contentos, porque iban a tener una Blanca Navidad. En efecto, poco antes de Nochebuena había caído una fuerte nevada, y se esperaba que la nieve aguantase varios días antes de derretirse.

Con la nieve todo estaba muy bonito, y además podían patinar sobre el estanque helado, jugar a dejar huellas, o hacer un gran muñeco de nieve. Eso era precisamente lo que habían hecho los niños del barrio, y en lo alto de la colina había aparecido Snowy. Era un muñeco gordinflón y sonriente, con un elegante sombrero de copa, una bonita bufanda, una larga nariz de zanahoria, una gran sonrisa pintada en su cara, y con ramitas como brazos.

Los niños estaban muy orgullosos de Snowy, y les gustaba mucho jugar cerca de él. Se tiraban en trineo desde lo alto de su colina, le usaban para que no les vieran cuando jugaban al escondite, echaban carreras alrededor de él, y cuando hacían guerras de nieve a su lado, su sonrisa bonachona les recordaba que no tenían que tirar las bolas muy fuerte para no hacerse daño. Alguna vez, cuando nadie miraba, Snowy, que era muy bromista, tiraba una bola de nieve a algún niño despistado, que se quedaba muy sorprendido y sin saber quién se la había arrojado.

Snowy se llevaba además muy bien con los vecinos que pasaban por delante de él al ir y volver del trabajo, y con los animalillos de un bosque cercano, sobre todo con los pájaros, a los que les gustaba posarse en las ramas de sus brazos. Su mejor amigo era un simpático pajarillo parlanchín llamado Birdie, que cantaba de maravilla, y que mantenía a Snowy informado de todo lo que  pasaba en las partes del barrio que éste no alcanzaba a ver desde lo alto de su colina.

A Snowy le gustaba sobre todo cuando Birdie le hablaba de cómo iban preparándose sus amigos para el día de Navidad. Las noches eran cada vez más alegres, con luces de colores que brillaban en muchas de las casas, y con el sonido de los villancicos que los niños cantaban con sus papás.

Llegó por fin la Nochebuena, y Snowy estaba disfrutando más que nunca viendo todo lo que pasaba en el barrio. Por eso le extrañó ver que de repente Birdie estaba triste. “¿Qué te pasa, buen amigo?” le pregunto Snowy. “Que con lo bonita que es la Navidad, me da pena ver a los que tienen problemas y no pueden disfrutarla como nosotros”. “¿Quién tiene problemas, Birdie?” El pajarillo contestó “Cuando venía volando para acá, he visto a Mamá Coneja, que me ha dicho que lleva toda la tarde buscando comida para preparar una cena de Navidad a sus conejitos, pero que con tanta nieve no encuentra nada”. Snowy también se puso triste, pensando en que no podrían disfrutar de la Nochebuena esos suaves conejitos que tanto le gustaba ver saltando a su alrededor.

De repente, la gran sonrisa de Snowy se iluminó. “¡Birdie, ya tengo la solución! Lleva a la madriguera de Mamá Coneja la gran zanahoria de mi nariz, con eso podrán tener una estupenda cena de Navidad!” Birdie exclamó contento “¡Qué gran idea!” Pero de pronto dijo preocupado “¡Snowy, si hacemos eso, te vas a quedar sin nariz!”. Snowy respondió sonriente “No importa, total, con tanto frío estoy siempre constipado. ¡Mejor, así no tendré que sonarme la nariz!”. Snowy acabó por convencer a Birdie, que se encargó de llevar la gran zanahoria a Mamá Coneja. ¡Qué contenta se puso! Y Snowy también cuando se lo contó Birdie.

“Mira, Birdie” dijo Snowy, “Mientras estabas fuera, he pensado que podíamos hacer más cosas para alegrar la Nochebuena a nuestros amigos. Por ejemplo, podrías llevar mi sombrero al señor Rodríguez. Siempre me saluda muy simpático cuando pasa, y tiene que pasar mucho frío en la cabeza con esa calvorota que tiene”. Birdie le preguntó a su amigo Snowy si no se le quedaría muy fría la cabeza a él, y Snowy le respondió que no, que estaba bien así, y que en realidad lo que le preocupaba era que igual dentro de unos días subiría algo la temperatura. Birdie se entristeció, pensando que su amigo muñeco de nieve corría el peligro de derretirse en cuanto asomaran los primeros rayos de sol, pero Snowy interrumpió esos pensamientos diciendo con voz divertida: “¡Venga, Birdie, que vuelas menos que una gallina! Vete ya, que al pobre señor Rodríguez  se le van a congelar las ideas. ¡Y vuelve rápido, que quedan otros recaditos por hacer!”

Snowy y Birdie regalaron luego la bufanda de Snowy a ese niño pequeño que casi no salía a jugar porque no tenía ropa de abrigo y pasaba demasiado frío, y dieron los botones de los ojos de Snowy a una niña del barrio para que se los pusiera a su oso de peluche, que se había quedado sin los suyos al caerse un día desde una estantería. Y las ramas de los brazos se las llevaron a una ancianita que necesitaba leña para su casa, pero que no había podido salir a buscarla porque le dolía la espalda.

Ya entrada la noche, Snowy y Birdie acabaron por fin de hacer el reparto. Ahora Snowy era solo tres grandes bolas de nieve con una sonrisa pintada en la que estaba más arriba, pero la sonrisa se veía más grande que nunca, y Snowy le dijo a Birdie que a pesar del frío de la noche, notaba por dentro un calorcito especial que le hacía sentir de maravilla. Birdie estaba también muy contento: estaba muy orgulloso de haber ayudado a su generoso amigo, y además, cuando salía de casa de la ancianita, le había parecido que el Niño Jesús de su Belén le había sonreído.

Pero Birdie estaba también preocupado por su amigo Snowy. Igual ahora los niños ya no le veían tan bonito como antes, y dejaban de hacerle caso, o peor aún, podían coger la nieve del muñeco y usarla para hacer una guerra de bolas de nieve. Y luego en todo caso estaba el peligro de que subieran las temperaturas y …

Estaba Birdie distraído con esos pensamientos, cuando de repente oyó un tintineo de cascabeles, primero lejano, pero luego cada vez más próximo. Miró hacia arriba y vio una pequeña luz roja, que cada vez se iba haciendo mayor y más brillante. ¿Qué era eso? De pronto, oyó una fuerte carcajada “HO, HO, HO!”, y se dio cuenta de que la luz roja era la nariz de Rudolph ¡Y que Papá Noel estaba aterrizando con su trineo justo delante de ellos!

¡Birdie estaba impresionado! Además, vio con sorpresa cómo el trineo de Papá Noel llevaba enganchado un extraño remolque del que Birdie nunca había oído hablar. “No te extrañes de ver ese remolque” le dijo Papá Noel, adivinándole el pensamiento “Es una cámara frigorífica, que usamos para llevar helados y comida congelada – pero que ahora usaremos para llevar a tu amigo Snowy de viaje!” “¿De viaje?” dijo asombrado Snowy “Sí, ya veréis” dijo sonriente Papá Noel. Y Snowy de repente se elevó del trozo de colina en el que había pasado toda su corta vida, y fue por el aire despacito hasta meterse en la cámara frigorífica del trineo.

“Birdie, tú siéntate aquí a mi lado, estarás más calentito mientras hacemos nuestro viaje”. Birdie, todavía piquiabierto por la sorpresa, estaba acabando de acurrucarse en el asiento del trineo junto a Papá Noel cuando esté gritó “Adelante, Rudolph!”. Una lechuza de un bosque cercano que estaba aún despierta alcanzó a oír a lo lejos el eco de un “HO, HO, HO” entre el sonido, cada vez más tenue, de unos cascabeles.

Y es Snowy el precioso muñeco de nieve que puede verse en el jardín que hay a la entrada del almacén que tiene Papá Noel en Rovaniemi, en Laponia, en la Tierra de las Nieves Eternas, donde Snowy ya no corre peligro de derretirse nunca. En el centro de su cara hay una nariz de zanahoria aún más grande y bonita que la de antes. Como ojos tiene brillantes piedras preciosas, luce una linda bufanda de colores que le dieron sus amigos los elfos, y en su cabeza lleva ahora orgulloso un gorro de fieltro rojo, con un pompón blanco al final, que le regaló el propio Papá Noel.  Y tiene dos preciosas ramas de abedul como brazos, en la que se posan sus amigos los pájaros, con un sitio especial para su inseparable Birdie.

Snowy y Birdie no han  olvidado a sus amigos del barrio, y todos los años le dicen a Papá Noel que se acuerde especialmente de ellos, y también de todos aquellos que, compartiendo sus cosas, hacen realidad el espíritu de la Navidad.

CUENTO DE NAVIDAD "EL FANTASMA DE MARLEY"


Marley estaba muerto; eso para empezar. No cabe la menor duda al respecto. El clérigo, el funcionario, el propietario de la funeraria y el que presidió el duelo habían firmado el acta de su enterramiento. También Scrooge [L1] había firmado, y la firma de Scrooge, de reconocida solvencia en el mundo mercantil, tenía valor en cualquier papel donde apareciera. El viejo Morley estaba tan muerto como el más muerto de todos los artículos de ferretería. Pero en el símil se contiene el buen juicio de nuestros ancestros, y no serán mis manos impías las que lo alteren. Por consiguiente, permítaseme repetir enfáticamente que Marley estaba tan muerto como el
clavo de una puerta.
¿Sabía Scrooge que estaba muerto? Claro que sí. ¿Cómo no iba a saberlo? Scrooge y él
habían sido socios durante no sé cuántos años. Scrooge fue su único albacea testamentario,
su único administrador, su único asignatario, su único heredero residual, su único amigo y
el único que llevó luto por él. Y ni siquiera Scrooge quedó terriblemente afectado por el
luctuoso suceso; siguió siendo un excelente hombre de negocios el mismísimo día del
funeral, que fue solemnizado por él a precio de ganga.
La mención del funeral de Marley me hace retroceder al punto en que empecé. No cabe
duda de que Marley estaba muerto. Es preciso comprenderlo con toda claridad, pues de otro

Un sueño de Navidad


La noche tenía un Cielo brillante. Las estrellas habían salido en alegres grupos para iluminarlo y advertir y precisar ante los habitantes de la tierra que era la víspera de la Navidad, por lo que nadie podía tener amarguras, ni peleas, ni guerras. Se acercaba el Nacimiento de Jesús, la mejor noticia que el Mundo iba a recibir por los siglos de los siglos.

Era, en cierta forma, el mensaje de paz que la Madre Naturaleza lanzaba, en una estación invernal, a un mundo convulsionado por las guerras, por los espíritus belicosos, por los hombres que habían olvidado que muy jóvenes, desde su nacimiento, habían creado un núcleo denominado Familia, que con el paso de los años se estaba desintegrando, con lo cual los grandes valores morales y éticos, dolorosamente, se escabullían.

También ese Cielo tan preciosamente iluminado quería despertar la conciencia de tántos y tántos jóvenes -hombres y mujeres- sumidos en la más tremenda oscuridad porque una vez, pese a las numerosas advertencias, ingresaron en el mundo de las drogas. Y a muchísimos les costaba salir luego de ellas. Y, generalmente, pasaban a convertirse en delincuentes porque su adicción les obligaba a matar o a robar.

El Cielo quería con esa luminosidad indicar el camino para quienes son causantes de las grandes epidemias que, como el Sida, van extendiéndose por el mundo, y señalarles que, con mínimas precauciones, podían evitar su propagación y no seguir siendo la causa de miles y miles de muertes.

Quería también el Cielo, rodeado de estrellas que se mantenían firmes y no eran fugaces, dar una luz de esperanza para millones de personas víctimas del racismo y la xenofobia, por el color de su piel, por su procedencia, por su condición ecónomica débil, para que tuvieran un hálito de paz y pensaran que un día no muy lejano serían bien recibidos y desaparecerían todas las persecuciones, los malos y despectivos tratos, las mofas y podrían trabajar y establecerse en países que no eran los suyos para ayudar a crear riquezas y poder subsistir decorosamente.

La víspera del Nacimiento del Niño Dios, un Cielo tan resplandeciente, pretendía indicar que todas las religiones eran igualmente respetables y que en nombre de ninguna de ellas se podía incitar al crimen, al terrorismo, a la violencia porque, precisamente Dios, creó al mundo para que la gente se entendiese mediante la palabra.

Desde miles de kilómetros de distancia, el Cielo ofrecía a la vista un hermoso panorama, como queriendo decir que iban a desaparecer las desigualdades sociales; que los hombres y mujeres de buena voluntad contarían con los recursos picto100x100 indispensables para su supervivencia y que la pobreza y la miseria pasarían a ser elementos de un lejano pasado. Así se conseguiría que la felicidad fuera la norma general , que ya nadie pasaría hambre, que todos contarían con una vivienda digna, con eficientes sistemas de salud y de educación, sin prejuicios sociales ni discriminaciones.

En fin, ese conglomerado de estrellas no se había asomado al Cielo para darle un simple colorido. No. En cada uno de sus reflejos luminosos traía un mensaje específico para que se acabaran las guerras; para que la familia volviera a ser ese gran núcleo compacto donde predominase el diálogo, como símbolo de unidad; para que desapareciesen las pandemias, causantes de tántas muertes; para que no hubiese nunca más las drogas malignas y se eliminaran para siempre las redes de narcotraficantes; para que el blanco, el negro, el amarillo y todas las razas convivieran pacíficamente ayudándose unas a otras; para que todas las religiones se uniesen en un sólo objetivo de ser auténticas guías espirituales y, en su nombre, no volviesen a aparecer vientos bélicos; para que en todo el mundo las divergencias, las diferencias entre los seres humanos encontraran la solución mediante el diálogo.

Todo esto lo soñé con una extrema felicidad, con el orgullo de pertenecer a una raza humana que había encontrado, sin vacilaciones, por fin, el camino amplio de la confraternización; el Cielo parecía decirme: "goza bien de esta noche, que a lo mejor nunca se repetirá. Pero cuando despiertes trata de convertirte en una adalid de las buenas y nobles causas. Debes formar causa común con tu familia, con tus amigos, para que todos, como una sóla persona, procuren hacer el bien".

Pero, desafortunadamente todo era un sueño. Tuve que despertar y encontrarme con la realidad, con esa cruda realidad, que muchas veces, con gesto dolorido, remueve las entrañas ante tántos hechos dolorosos, tristes, injustos y amargos que se viven a diario Durante la noche la lluvia y la nieve se habían entremezclado y el Cielo había estado permanentemente a oscuras. Mi mente había ideado un mundo digno. Un mundo construido para el ser humano. Un mundo, sin embargo, destruido por el propio ser humano, debido a su egoísmo, a no saber alejar de su corazón las malas obras y la cizaña y por tener abierta su mente y su pensamiento para el mal cerrándole todas sus puertas al bien.