28 diciembre 2015

El secreto de un amor que dura para siempre


La reunión de aquella noche se caracterizó por la presencia de hombres enérgicos, hoscos, poco afines al debate filosófico.

Sujetos llegados de otros barrios se apropiaron las mejores mesas, y lo que es más deshonroso todavía, de la atención de nuestras mujeres, normalmente fieles en ausencia de extraños.

Cantaron y bebieron hasta bien entrada la madrugada. Luego se retiraron groseramente a realizar pequeños pero mezquinos actos vandálicos. En ese momento retomamos la continuidad de un festejo austero, viril: el cumpleaños del compañero Arismendi.

Con absoluto decoro le entregamos algunos regalos de escaso valor material.

—A ver cuándo se organiza un cumpleaños decente, Arismendi. —le recriminó alguien.

—Con mujeres y música y comida decente. —añadió otro.

Arismendi negó la cabeza.

—No pienso volver a caer en el mismo error. La próxima mujer en mi vida será para siempre. De hecho, me rehúso a vivir cualquier amor que no tenga aspiraciones de eternidad.

El profesor Lugano, que justo regresaba de las dependencias sanitarias, lo interrogó.

—¿Es decir que el único amor que le interesa es un amor que dure para siempre?

—Efectivamente, profesor.

—Me parece razonable. Tenga. Aquí está mi regalo.

El profesor le entregó un pequeño paquete rectangular.

Un murmullo de asombro sobrevoló sobre los tertulianos que aún no estaban lo suficientemente ebrios.

Arismendí abrió el obsequio: un pequeño espejo.

En el ángulo superior izquiero había una inscripción:

Amarse a sí mismo es el comienzo de una aventura que dura toda la vida.

(Oscar Wilde)

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